Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —¿Llevarle con ella, lamentable desgraciado? —exclamé—. ¿Casarse usted? Vaya, este hombre está loco o cree que nosotras, todas, somos tontas. ¿Se imagina que esa bella señorita, esa chica rebosante de salud y energÃa se va a unir a un mico moribundo como usted? ¿Abriga usted la idea de que alguien, y no digamos la señorita Catherine Linton, le tomarÃa por marido? Se merece usted unos azotes por habernos traÃdo aquà con sus lloronas y viles artimañas. ¡Y no ponga ahora esa cara de tonto! Me están dando muchas ganas de zarandearle fuerte por su despreciable traición y su estúpido engreimiento.
Le di un ligero meneo, pero le produjo tos, y acudió a su acostumbrado recurso de gemir y lloriquear, y Catherine me riñó.
—¿Quedarme toda la noche? ¡No! —dijo ella, mirando despacio a su alrededor—. Ellen, prenderé fuego a esa puerta, pero saldré.
Y habrÃa empezado a llevar a cabo la amenaza, pero Linton se levantó alarmado de nuevo por su querida persona. La cogió en sus débiles brazos, sollozando:
—¿No quieres tenerme contigo y salvarme? ¿No quieres dejarme ir a la Granja? ¡Oh! ¡Querida Catherine! No debes irte y dejarme, después de todo. ¡Tienes que obedecer a mi padre… tienes que hacerlo!