Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas En lugar de sentarme, agarré mi ropa de calle y bajé corriendo, puesto que el camino estaba libre: Al entrar en la sala miré en busca de alguien que me diera información acerca de Catherine. El sol bañaba la sala y la puerta estaba abierta de par en par, pero no parecÃa haber nadie a mano. Mientras dudaba entre marcharme inmediatamente o volver a buscar a mi señora, una ligera tos atrajo mi atención hacia el hogar. Linton, único habitante, estaba tumbado en el escaño, chupando una barra de azúcar cande y siguiendo mis movimientos con ojos apáticos.
—¿Dónde está la señorita Catherine? —pregunté seriamente, suponiendo que le asustarÃa y me darÃa información, al cogerle asÃ, solo.
Siguió chupando como un inocente.
—¿Se ha ido? —pregunté.
—No —respondió—. Está arriba. No tiene que irse. No la dejaremos.
—¡Que no la dejaréis, pequeño idiota! —exclamé—. Lléveme a su habitación inmediatamente, o le haré cantar claramente.