Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —¿VenÃa ella a Cumbres Borrascosas porque le odiaba a usted? —continué—. ¡Piénselo! En cuanto a su dinero, ¡ni siquiera sabe si tendrá usted alguno! ¡Y dice que está enferma y, sin embargo, la deja sola, allà arriba, en una casa extraña! ¡Usted que ha experimentado lo que es encontrarse tan abandonado! Se lamentaba usted de sus propios sufrimientos y ella se dolÃa también de ellos, pero usted no se duele de los de ella. Yo lloro, señorito Heathcliff, ya ve —una mujer mayor y sólo una criada— y usted, después de fingir tanto afecto y teniendo razones casi para adorarla, se guarda las lágrimas para usted solo está ahà tendido tan tranquilo. ¡Ah, qué chico cruel y egoÃsta!
—No puedo estar con ella —respondió enfadado—. No me quedaré solo con ella. Llora tanto que no la puedo aguantar. Y no lo deja, aunque le diga que llamaré a mi padre. Le llamé una vez y la amenazó con estrangularla si no se callaba, pero volvió a empezar en cuanto él salió de la habitación. Gimiendo y lamentándose toda la santa noche, aunque yo chillaba de irritación porque no podÃa dormir.
—¿Ha salido el señor Heathcliff? —pregunté, viendo que la desgraciada criatura no era capaz de condolerse de las torturas mentales de su prima.