Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas No me atreví a presenciar su encuentro. Me quedé fuera, en la puerta de la alcoba, un cuarto de hora y entonces apenas me aventuré a acercarme a la cama. Todo estaba tranquilo. La desesperación de Catherine era tan silenciosa como la alegría de su padre. Ella le suje taba con calma, en apariencia, y él tenía fijos en el rostro de Catherine los ojos levantados que parecían dilatarse con el éxtasis.
Murió feliz, señor Lockwood, así murió. Besando la mejilla de su hija murmuró:
—¡Me voy con ella, y tú, querida hija, vendrás con nosotros!
Y no se movió ni habló más, pero continuó con aquella mirada extasiada y radiante, hasta que su pulso se paró imperceptiblemente y su alma partió. Nadie hubiera podido darse cuenta del minuto exacto de su muerte, tan completa fue la ausencia de toda lucha.