Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —¡Con-tra-rio! —dijo una voz tan dulce como una campana de plata—. ¡Es la tercera vez, tonto! No te lo repetiré más. ¡Recuérdalo o te tiro de los pelos!
—Contrario, entonces —respondió otra en tonos profundos, pero suavizados—. Y ahora dame un beso por acordarme tan bien.
—No, primero léelo todo correctamente, sin un solo error.
El hombre que hablaba empezó a leer. Era un joven, vestido respetablemente, y sentado a la mesa con un libro delante. Sus bellas facciones resplandecÃan de felicidad y sus ojos pasaban con impaciencia de la página a una pequeña mano blanca sobre su hombro, que le llamaba al orden con una rápida palmada en la mejilla siempre que su dueña detectaba tales muestras de distracción. Su propietaria estaba detrás, sus rubios y relucientes rizos mezclándose, a ratos, con los mechones castaños de él, cuando se inclinaba para supervisar su trabajo, y su rostro… era una suerte que él no pudiera verle la cara, o no hubiera estado tan atento. Yo sà podÃa, y me mordà el labio de despecho, por haber desperdiciado la oportunidad que podÃa haber tenido de hacer algo más que contemplar su sonriente belleza.