Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas La tarea terminó, no sin más errores, pero el alumno reclamó una recompensa y recibió al menos cinco besos que, sin embargo, devolvió generosamente. Entonces se acercaron a la puerta y, por su conversación, entendí que estaban a punto de salir a dar un paseo por los páramos. Supuse que Hareton Earnshaw me condenaría en su corazón, si no por su boca, a la más profunda sima de las regiones infernales si mostraba mi inoportuna persona a su alrededor en aquel momento y, considerándome muy ruin y maligno, di la vuelta sin que me vieran para buscar refugio en la cocina. También por ese lado se entraba sin obstáculos, y en la puerta estaba sentada mi vieja amiga, Nelly Dean, cosiendo y cantando una canción, que era a menudo interrumpida desde dentro con duras palabras de desprecio e intolerancia pronunciadas en tonos nada musicales.
—Preferiría con mucho oírles blasfemar de la mañana a la noche antes que tener que escucharla a usted —dijo el que estaba en la cocina, en respuesta a unas palabras de Nelly, que no oí—. Es una vergüenza que uno no pueda abrir el Libro Santo sin que usted entone sus alabanzas a Satanás y a todas las horribles maldades que han aparecido en el mundo. ¡Oh, es usted muy mala!, y la otra también, y este pobre chico se perderá entre las dos. ¡Pobre chico! —añadió con un gruñido—. ¡Está embrujado, estoy seguro! ¡Oh, señor, júzgales, porque no hay ley ni justicia entre nuestros gobernantes!