Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas La tarde después del entierro, mi señorita y yo estábamos sentadas en la biblioteca, ya meditando tristemente —una de nosotras desesperadamente— sobre nuestra pérdida, ya aventurando conjeturas sobre nuestro oscuro porvenir.
Acabábamos de ponernos de acuerdo en que el mejor destino que le cabía esperar a Catherine sería que Heathcliff le permitiera continuar viviendo en la Granja, al menos mientras viviera Linton. Que a él le dejara reunirse con ella aquí, y que yo siguiera de ama de llaves. Parecía éste un arreglo demasiado favorable para poder confiar en él, y yo, no obstante, confiaba y empecé a animarme con la perspectiva de conservar mi casa y mi empleo y, sobre todo, a mi querida señorita, cuando un criado —uno de los despedidos, que todavía no se había ido— entró precipitadamente y dijo que «ese demonio de Heathcliff» estaba entrando por el patio y que si tenía que cerrarle la puerta en las narices.
De haber sido tan insensatas como para ordenar semejante proceder, no nos habría dado tiempo. No respetó la ceremonia de llamar y de anunciarse. Era el amo y se valió del privilegio del amo de entrar directamente sin decir una palabra. La voz de nuestro informante le dirigió a la biblioteca. Entró, y echándole, cerró la puerta.
