Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Ayer hacía un día claro, tranquilo y frío. Fui a las Cumbres como me había propuesto. Mi ama de llaves me suplicó que llevara a su señorita una nota de su parte, y no me negué, porque la buena mujer no veía nada de extraño en su petición. La puerta principal estaba abierta, pero la celosa verja cerrada, como en mi última visita. Llamé y solicité la ayuda de Earnshaw, que se encontraba por los parterres del jardín. Quitó la cadena y entré. El chico es un rústico tan guapo como el que más. Me fijé en él especialmente esta vez, pero, al parecer, hace todo lo posible para no sacar la menor ventaja de sus cualidades.
Pregunté si el señor Heathcliff estaba en casa. Me respondió que no, pero que estaría a la hora de comer. Eran las once y le comuniqué mi intención de entrar y esperarle, a lo que de inmediato soltó las herramientas y me acompañó en el papel de perro guardián, no de sustituto del anfitrión.
Entramos juntos. Catherine estaba allí, haciéndose útil con la preparación de unas verduras para la comida que se aproximaba. Parecía más huraña y menos animada que la primera vez que la vi. Apenas levantó los ojos para mirarme y continuó su trabajo con la misma indiferencia que antes para las formas corrientes de cortesía. No respondió a mi inclinación y a mis buenos días ni con el más mínimo reconocimiento.
