Cumbres Borrascosas

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Ante esa información ella la hubiera cogido de buena gana, pero Hareton se le adelantó, la cogió y la metió en el bolsillo del chaleco, diciendo que el señor Heathcliff tenía que leerla primero. A continuación Catherine nos volvió silenciosamente el rostro y con mucho sigilo sacó un pañuelo y se lo llevó a los ojos y su primo, después de esforzarse un rato en reprimir sus mejores sentimientos, sacó la carta y la tiró al suelo junto a ella con toda la descortesía que pudo. Catherine la cogió y la leyó ansiosamente. Luego me hizo algunas preguntas sobre los compañeros, racionales e irracionales, de su antiguo hogar y, mirando hacia las colinas, murmuró en un soliloquio:

—¡Me gustaría ir hasta allá montada en Minny! ¡Me gustaría estar escalando allá arriba! ¡Oh, estoy cansada… estoy aburrida, Hareton! —y apoyó su bonita cabeza contra el antepecho de la ventana con un medio bostezo y medio suspiro y se sumió en una especie de ensimismada tristeza, sin importarle, ni saber, si la observábamos o no.

—Señora Heathcliff —dije, después de estar sentado algún tiempo en silencio—. ¿No sabe usted que la conozco… tan íntimamente que me parece raro que no venga a hablarme? Mi ama de llaves no se cansa nunca de hablar de usted y de alabarla, y se quedará muy decepcionada si vuelvo sin noticias suyas, ¡salvo que recibió su carta y que no dijo nada!


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