Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas El pecho de Hareton se hinchó en silencio durante un minuto. Luchaba contra una profunda sensación de mortificación y de ira que no era fácil de suprimir. Me levanté y, con la caballerosa idea de aliviar su turbación, me situé en la puerta y me puse a contemplar la vista exterior. Siguió mi ejemplo y salió de la habitación, pero pronto reapareció trayendo en sus manos media docena de libros que le tiró en la falda a Catherine al tiempo que exclamaba:
—¡Tómalos! ¡No quiero volver a oír nada de ellos, ni leerlos, ni pensar en ellos!
—Ahora no los quiero —respondió ella—. Los relacionaría contigo y los odiaría.
Abrió uno que, obviamente, había sido hojeado con frecuencia y leyó un párrafo con el tono lento y pesado de un principiante. Luego se echó a reír y lo tiró.
—Y escuchad —continuó con aire provocador, empezando a leer un verso de una antigua balada de la misma manera.