Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Pero el amor propio de Hareton no podÃa soportar más tormento. OÃ, sin desaprobarlo del todo, que ponÃa a raya con una bofetada su lengua insolente. La granujilla habÃa hecho todo lo posible por herir los delicados, aunque incultos, sentimientos de su primo, y un argumento fÃsico era el único medio que tenÃa para saldar la cuenta y devolver sus efectos a quien los habÃa infligido. Después cogió los libros y los echó al fuego. Leà en su semblante la angustia que le producÃa ofrecer aquel sacrificio a su rencor. Me figure que mientras se consumÃan recordaba el placer que ya le habÃan proporcionado y el triunfo y la creciente satisfacción que de ellos esperaba. Me figuré también que adivinaba lo que le incitaba a sus secretos estudios. HabÃa estado satisfecho con su trabajo cotidiano y sus rudos goces animales, hasta que Catherine se cruzó en su camino. La vergüenza de su desprecio y la esperanza de su aprobación fueron sus primeros acicates para más altas metas, pero en lugar de protegerlo de lo primero y conseguirle lo segundo, sus esfuerzos por ascender habÃan producido justamente el efecto contrario.
—SÃ. ¡Ése es todo el beneficio que un bruto como tú puede sacar de ellos! —exclamó Catherine, chupándose el labio lastimado y mirando el incendio con ojos indignados.
—Más te valdrÃa callarte ya —contestó él con furia.