Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Y como su agitación le impidió decir más, avanzó apresuradamente hacia la entrada, donde le hice sitio para que pasara. Pero antes de que cruzara el umbral, Heathcliff, que subía por el camino, se lo encontró y poniéndole la mano en el hombro, preguntó:
—¿Qué pasa, muchacho?
—Nada, nada —respondió, y se marchó para disfrutar de su dolor y de su ira en soledad.
Heathcliff le siguió con la vista y suspiró.
—Sería extraño que me defraudara a mí mismo —murmuró, sin saber que yo estaba detrás de él—. Pero cuando busco a su padre en su rostro la encuentro a ella cada día más. ¿Cómo diablos se le parece tanto? Apenas si puedo soportar verle.
Bajó los ojos al suelo y entró pensativo. Había en su semblante una expresión de inquietud y de ansiedad que no le había notado antes, y parecía más delgado. Su nuera al verlo por la ventana escapó enseguida a la cocina, así que me quedé solo.
—Me alegro de verle de nuevo fuera de casa, señor Lockwood —dijo en respuesta a mi saludo—. En parte por motivos egoístas, pues no creo que pudiera reemplazar fácilmente su pérdida en esta desolación. Me he preguntado más de una vez qué le trajo a usted aquí.