Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas —¿Temor? ¡No! —replicó—. No tengo ni miedo, ni presentimiento, ni esperanza de morir. ¿Por qué iba a temerla? Con mi fuerte constitución, mi sobrio modo de vida, mis ocupaciones poco peligrosas, deberÃa permanecer y probablemente permanecerá sobre la tierra hasta que apenas me quede un pelo negro en la cabeza. ¡Y, sin embargo, no puedo seguir en este estado! Tengo que acordarme de respirar… casi tengo que recordar a mi corazón que ha de latir. Y es como enderezar un duro resorte. Sólo por obligación realizo el acto más ligero no impulsado por el único pensamiento y sólo por obligación presto atención a cualquier cosa, viva o muerta, no relacionada con la única idea universal. Tengo un solo deseo, todo mi ser y facultades anhelan alcanzarlo. Lo han anhelado durante tanto tiempo y tan firmemente, que estoy convencido de que lo alcanzaré —y pronto—, porque ha devorado mi existencia. Estoy inmerso ya en el anticipo de su cumplimiento. Mi confesión no me ha aliviado, pero puede que explique algunos cambios de humor que tengo y que de otro modo serÃan inexplicables. ¡Oh, Dios! ¡Qué lucha tan larga! ¡Ojalá se terminara!