Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas «¿Será un demonio necrófago o un vampiro?» —cavilaba yo, pues habÃa leÃdo sobre esos odiosos demonios encarnados. Luego me puse a pensar cómo le habÃa cuidado en su infancia, le habÃa visto hacerse un adolescente y habÃa seguido el curso de casi toda su vida, y que absurda tonterÃa resultaba ceder a esa sensación de terror. «Pero ¿de dónde procedÃa aquella negra criatura recogida por un buen hombre para su ruina?», me murmuraba la superstición mientras caÃa, adormilada, en la inconsciencia. Empecé, medio soñando, a afanarme en imaginar algún parentesco adecuado para él y, repitiendo mis meditaciones de cuando estoy despierta, volvà a trazar toda su existencia con tristes variantes. Me representé al fin su muerte y su entierro, del cual todo lo que puedo recordar es que estaba yo muy enojada al corresponderme la tarea de dictar una inscripción para su tumba, y consultaba al enterrador, y como no tenÃa apellido y no sabÃamos su edad, tuvimos que contentarnos con una sola palabra: «Heathcliff». Esto resultó ser verdad. Fue lo que tuvimos que hacer. Si entra usted en el cementerio, leerá en su lápida sólo eso y la fecha de su muerte.