Cumbres Borrascosas

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El «¡pase!» lo pronunció con los dientes apretados como diciendo «¡váyase al infierno!» Ni siquiera la verja en que se apoyaba hizo movimiento alguno que respondiera a aquella palabra, y creo que fue esa circunstancia la que me decidió a aceptar la invitación: sentí interés por un hombre que parecía más exageradamente reservado que yo. Cuando vio que el pecho de mi caballo empujaba con decisión la verja, entonces sí que alargó la mano para abrirla, y luego me precedió por el camino hoscamente, voceando al entrar en el patio:

—¡Joseph, lleva el caballo del señor Lockwood y sube vino!

«He aquí a todo el servicio doméstico, supongo», fue la reflexión que me sugirió la doble orden. «No me extraña que la hierba crezca entre las losas y que el ganado sea el único que corte los setos».

Joseph era una persona mayor, mejor dicho, un viejo, muy viejo quizá, aunque fuerte y con una salud de hierro.

—¡Que Dios nos ayude! —dijo para sí, con un deje de malhumorado desagrado, al tiempo que me liberaba de mi caballo mirándome mientras a la cara con tanta acritud que supuse, caritativamente, que debía de necesitar la ayuda divina para hacer la digestión y que su piadosa jaculatoria no tenía nada que ver con mi inesperada visita.


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