Cumbres Borrascosas

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»Cambió de tono, sin embargo, cuando vio la presa de Skulker. El perro estaba ahogándose, la enorme lengua roja le colgaba a medio palmo de la boca, y del hocico caído le chorreaba una baba sanguinolenta. El hombre levantó a Cathy, que estaba desvanecida, no de miedo, estoy seguro, sino de dolor. Se la llevó adentro, yo la seguí, mascullando maldiciones y venganzas.

»—¿Cuál es la presa, Robert? —voceó Linton desde la entrada.

»—Skulker ha cogido a una niña, señor —respondió—, y aquí hay un chico —añadió, agarrándome— que parece todo un granuja. Probablemente los ladrones intentaban meterles por la ventana para que abrieran la puerta a la cuadrilla cuando todos estuviéramos dormidos y asesinarnos a sus anchas. ¡Y tú, calla la boca, ladrón deslenguado! Tú, tú irás a la horca por esto. Señor Linton, no deje su escopeta.

»—No, no, Robert —dijo el viejo idiota—. Los bribones sabían que ayer era mi día de cobrar las rentas y pensaron cogerme ingeniosamente. Pasen que les daré un buen recibimiento. Bien, John, echa la cadena. Dale a Skulker un poco de agua, Jenny. Desafiar a un magistrado, y en domingo además ¿Dónde va a parar su insolencia? ¡Oh, Mary querida, escucha! No te asustes, no es más que un niño, aunque al canalla se le ve la maldad en el rostro. ¿No sería un bien para el país ahorcarle de una vez, antes de que nos revele quién es por sus actos y no sólo por su catadura?


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