El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita —Pues asà —respondió éste—: si fuera presidente tendrÃa que hacer constar en seguida que era el diablo. O si no, ¿qué fue todo aquello? Los impertinentes rotos, todo harapiento. ¿Cómo podÃa ser intérprete de un extranjero?
—¿Pero de quién habla? —le preguntaron.
—¡De Koróviev! —exclamó él—. ¡El del apartamento 50! ¡Apúntelo: Koróviev! ¡Hay que pescarle inmediatamente! Apunte: sexto portal. Está allÃ.
—¿Dónde cogió las divisas? —le preguntaron cariñosamente.
—Mi Dios, Dios Omnipotente, que todo lo ve —habló Nikanor Ivánovich—, y ése es mi camino. Nunca las tuve en mis manos y ni sabÃa que existÃan. El Señor me castiga por mi inmundicia —prosiguió con sentimiento, abrochándose y desabrochándose la camisa y santiguándose—; sÃ, lo aceptaba. Lo aceptaba, pero del nuestro, del soviético. HacÃa el registro por dinero, no lo niego. ¡Tampoco es manco nuestro secretario Prólezhnev, tampoco es manco! Voy a ser franco, ¡son todos unos ladrones en la Comunidad de Vecinos!… ¡Pero nunca acepté divisas!
Cuando le pidieron que se dejara de tonterÃas y explicara cómo habÃan ido a parar los dólares a la claraboya, Nikanor Ivánovich se arrodilló y se inclinó, abriendo la boca, como si pensara tragarse un tablón del parquet.