El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita —¿Me trago el tablón —murmuró— para que vean que no me lo dieron? ¡Pero Koróviev es el diablo!
Toda paciencia tiene un lÃmite; los de la mesa alzaron la voz y le sugirieron a Nikanor Ivánovich que ya era hora de hablar en serio.
En la habitación del sofá retumbó un aullido salvaje; lo profirió Nikanor Ivánovich, que se habÃa levantado del suelo.
—¡Allà está! ¡Detrás del armario! ¡Se rÃe!… Con sus impertinentes… ¡Que le cojan! ¡Que rocÃen el local!
Empalideció. Temblando, se puso a hacer en el aire la señal de la cruz yendo de la puerta a la mesa, de la mesa a la puerta, luego cantó una oración y terminó en pleno desvarÃo.
Estaba claro que Nikanor Ivánovich no servÃa para sostener una conversación. Se lo llevaron, lo dejaron solo en una habitación, donde pareció calmarse un poco, rezando entre sollozos.