El Maestro y Margarita

El Maestro y Margarita

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—¡Son mágicos! —se oyó una voz irónica en la sala a oscuras.

—Eso es, mágicos —contestó tímidamente Nikanor Ivánovich; no se sabía si al actor o a la sala sin luz, y explicó—: ha sido el demonio, el intérprete de los cuadros que me los dejó en mi casa.

De nuevo se oyó una explosión en la sala. Cuando todos se callaron, el actor dijo:

—¡Vean ustedes qué fábulas de La Fontaine tiene que oír uno! ¡Que le dejaron cuatrocientos dólares! Todos ustedes son traficantes de divisas, me dirijo a ustedes como especialistas: ¿les parece posible todo esto?

—No somos traficantes de divisas —sonaron voces ofendidas—, ¡pero eso es imposible!

—Estoy completamente de acuerdo —dijo el actor con seguridad—, quiero que me contesten a esto: ¿qué se puede dejar en una casa ajena?

—¡Un niño! —gritó alguien en la sala.

—Tiene mucha razón —afirmó el presentador—, un niño, una carta anónima, una octavilla, una bomba retardada y muchas más cosas, pero a nadie se le ocurre dejar cuatrocientos dólares, porque semejante idiota todavía no ha nacido —y volviéndose hacia Nikanor Ivánovich añadió con aire triste de reproche—: Me ha disgustado mucho, Nikanor Ivánovich, yo que esperaba tanto de usted. Nuestro número no ha resultado.


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