El Maestro y Margarita

El Maestro y Margarita

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Se oyeron silbidos para Nikanor Ivánovich.

—¡Éste sí que es un traficante de divisas! —gritaban—. ¡Por culpa de gente como él tenemos que estar aquí, padeciendo sin motivo!

—No le riñan —dijo el presentador con voz suave—, ya se arrepentirá —y mirando a Nikanor Ivánovich con sus ojos azules llenos de lágrimas, añadió—: bueno, váyase a su sitio.

Después el actor tocó la campanilla y anunció con voz fuerte:

—¡Entreacto, sinvergüenzas!

Nikanor Ivánovich, impresionado por su participación involuntaria en el programa teatral, se encontró de nuevo en el suelo. Soñó que la sala se sumía en la oscuridad y en las paredes aparecían unos letreros en rojo que decían: «¡Entregue las divisas!». Luego se abrió el telón de nuevo y el presentador invitó:

—Por favor, Serguéi Gerárdovich Dúnchil, al escenario.

Dúnchil resultó ser un hombre de unos cincuenta años y de aspecto venerable, pero muy descuidado.


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