El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita Por fin llegó la centuria dirigida por Marco Matarratas. Avanzaba por el camino formando dos largas cadenas, y, entre las cuales, bajo la escolta de la guardia secreta, iban en carro los tres condenados, cada uno con una tabla blanca en el cuello, donde se leía «bandido y rebelde» en dos idiomas, arameo y griego.
El carro de los condenados iba seguido por otros, cargados con tablones recién cepillados, con travesaños, cuerdas, palas, cubos y hachas. En estos carros iban seis verdugos. Les seguían, montados a caballo, el centurión Marco, el jefe de la guardia del templo de Jershalaím y ese mismo hombre de capuchón con el que Pilatos había tenido una entrevista muy breve en la habitación ensombrecida del palacio.
Cerraba la procesión una cadena de soldados seguida por unos dos mil curiosos que no se habían asustado del calor agobiante, que deseaban presenciar el interesante espectáculo. A los curiosos de la ciudad se habían unido los curiosos peregrinos, a los que dejaban colocarse en la cola de la procesión libremente. La procesión empezó a ascender al monte Calvario, acompañada por los gritos agudos de los heraldos, que seguían la columna y repetían lo que Pilatos proclamara cerca del mediodía.