El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita —¡De ninguna manera! —exclamó el pelirrojo—. ¡Pero qué cosas tiene! No he hecho más que hablarle y ya piensa que la voy a detener. Vengo a tratar con usted un asunto.
—No comprendo. ¿De qué me habla?
El pelirrojo miró alrededor y dijo misteriosamente:
—Me han enviado a invitarla a usted para esta noche.
—Usted está loco. ¿A qué me invita?
—A casa de un extranjero muy ilustre —dijo el pelirrojo con aire significativo, entornando un ojo.
Margarita se enfureció.
—¡Lo único que faltaba, una nueva especie de alcahuete callejero! —dijo incorporándose, dispuesta a marcharse, pero la detuvieron las palabras del pelirrojo:
—La oscuridad que llegaba del mar Mediterráneo cubrió la ciudad, odiada por el procurador. Desaparecieron los puentes colgantes, que unÃan el templo y la terrible torre Antonia… Desapareció JershalaÃm, la gran ciudad, como si nunca hubiera existido… ¡Por mÃ, también usted puede desaparecer con su cuaderno quemado y la rosa disecada! ¡Quédese en ese banco sola, pidiéndole que le dé libertad para respirar, que se vaya de su memoria!