El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita Margarita, muy pálida, volvió. El pelirrojo la miraba con los ojos entornados.
—No comprendo nada —dijo Margarita Nikoláyevna con voz débil—. Lo de las hojas, podÃa haberlo leÃdo, espiado… ¿Pero cómo se ha enterado de lo que yo pensaba? —Y añadió con una expresión de dolor—: DÃgame, ¿quién es usted? ¿A qué organización pertenece?
—Qué lata… —murmuró el pelirrojo, y habló fuerte—: Si ya le he dicho que no pertenezco a ninguna organización. Siéntese, por favor.
Margarita le obedeció sin una sola objeción, pero al sentarse le preguntó de nuevo:
—¿Quién es usted?
—Bueno, me llamo Asaselo; pero eso no le dice nada.
—DÃgame, ¿cómo supo lo de las hojas y lo que yo pensaba?
—Eso no se lo digo.
—¿Pero usted sabe algo de él? —susurró Margarita, suplicante.
—Pongamos que sÃ.
—Se lo ruego, dÃgame sólo una cosa: ¿vive? ¡No me haga sufrir!
—Bueno, sÃ, está vivo —dijo Asaselo de mala gana.
—¡Dios mÃo!