El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita —Por favor, sin emociones ni gritos —dijo Asaselo, frunciendo el entrecejo.
—Perdóneme —murmuraba Margarita, dócil ya—, siento haberle irritado. Pero reconozca que cuando a una mujer la invitan en la calle a ir a una casa… No tengo prejuicios, se lo aseguro… —Margarita sonrió tristemente—, pero yo nunca veo a ningún extranjero y no tengo ningunas ganas de conocerlos. Además, mi marido… Mi tragedia es que vivo con un hombre al que no quiero, pero considero indigno estropearle su vida… Él no me ha hecho más que el bien…
Se veÃa que este discurso incoherente estaba aburriendo a Asaselo, que dijo con severidad:
—Por favor, cállese un minuto.
Margarita le obedeció.
—La estoy invitando a casa de un extranjero que no puede hacerle ningún daño. Además, nadie sabrá de su visita. Eso se lo garantizo yo.
—¿Y para qué me necesita? —preguntó tÃmidamente Margarita.
—Lo sabrá más tarde.
—Ya entiendo… Tengo que entregarme a él —dijo Margarita pensativa.
Asaselo sonrió con aire de superioridad y contestó:
—Cualquier mujer en el mundo soñarÃa con esto. Pero no tengo más remedio que defraudarla. No es eso.