El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita —¡Demente! —dijo Pilatos haciendo una extraña mueca. Empezó a temblarle una vena bajo su ojo izquierdo—. ¡Morir de quemaduras de sol! ¿Por qué rechazar lo que permite la ley? ¿Con qué palabra se negó?
—Dijo —respondió el hombre, cerrando los ojos de nuevo— que lo agradecÃa y no culpaba a nadie de su muerte.
—¿A quién? —preguntó con voz sorda.
—Eso no lo dijo, hegémono…
—¿No intentó predicar algo en presencia de los soldados?
—No, hegémono, esta vez no estuvo demasiado hablador. Lo único que dijo fue que entre todos los defectos del hombre, el que le parecÃa más grande era la cobardÃa.
—¿Por qué lo dijo? —el huésped oyó de repente una voz cascada.
—No quedó claro. Toda su actitud era extraña, como siempre.
—¿Qué era lo extraño?
—Intentaba mirar a los ojos de cada uno de los que le rodeaban y no dejaba de sonreÃr, desconcertado.
—¿Nada más?
—Nada más.
El procurador dio un golpe con el cáliz al servirse más vino. Lo bebió de un trago y dijo: