El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita —El problema es el siguiente: aunque no podamos descubrir, por lo menos ahora, a sus admiradores o seguidores, no hay garantÃa de que no existan.
El huésped le escuchaba atentamente, con la cabeza baja.
—Por eso, para evitar toda clase de sorpresas —seguÃa el procurador— le ruego que se recojan los cuerpos de los tres ejecutados y que se entierren en secreto, para que no se vuelva a hablar de ellos.
—Está claro, hegémono —dijo el huésped, poniéndose de pie—: En vista de la dificultad y responsabilidad de la tarea, permita que me vaya en seguida.
—No, siéntese un momento —dijo Pilatos, deteniéndole con un gesto—, hay dos cosas más. En primer lugar, teniendo en cuenta sus enormes méritos en el delicado trabajo de jefe del servicio secreto del procurador de Judea, me veo en la obligación de hacerlo saber en Roma.
El huésped se sonrojó, se puso en pie e hizo una reverencia, diciendo:
—Sólo cumplo mi deber al servicio del emperador.
—Me gustarÃa pedirle una cosa —seguÃa el hegémono—, que si le proponen el traslado y el ascenso, que lo rechace y se quede aquÃ. No me gustarÃa tener que prescindir de usted de ningún modo. Podrán premiarle de otra manera.