El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita Durmieron hasta el atardecer del sábado y los dos se sentÃan completamente repuestos, lo único que les recordaba las aventuras del dÃa anterior era un ligero dolor en la sien izquierda. En lo psÃquico, habÃan cambiado considerablemente. Cualquiera que escuchara la conversación en el piso del sótano lo hubiera notado. Pero no habÃa nadie que pudiera escucharles. La ventaja de aquel patio era que siempre estaba desierto. Los tilos y el salguero, que cada dÃa se ponÃan más verdes, despedÃan un olor primaveral que el vientecillo traÃa por la ventana.
—¡Diablos! —exclamó el maestro de pronto—. Cuando me pongo a pensarlo… —apagó el cigarrillo en el cenicero y se apretó la cabeza con las manos—, escucha tú que eres una persona inteligente y no has estado loca… dime, ¿estás segura de que ayer estuvimos con Satanás?
—Estoy completamente segura —contestó Margarita.
—Claro, claro —dijo el maestro irónicamente—, ahora tenemos en vez de un loco, dos: el marido y la mujer —alzó los brazos hacia el cielo y gritó—: ¡El diablo sabe qué es todo esto, el diablo, el diablo!
Como toda contestación, Margarita se derrumbó en el sofá, se echó a reÃr, moviendo sus pies descalzos y luego exclamó: