El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita —¡Ay, no puedo! ¡Ay, que no puedo!… ¡mira la pinta que tienes!
El maestro azorado contemplaba sus calzoncillos del sanatorio. Margarita se puso seria.
—Sin querer acabas de decir la verdad —dijo ella—, ¡el diablo sabe qué es esto y el diablo, créeme, lo arreglará todo! —se le encendieron los ojos, se levantó de un salto y se puso a bailar exclamando—: ¡Qué feliz me siento, qué feliz, qué feliz por haber hecho un trato con el diablo! ¡Oh!, ¡el diablo, el diablo! ¡Amor mÃo, no tendrás más remedio que vivir con una bruja! —corrió hacia el maestro, le besó en los labios, en la nariz y en las mejillas. Los mechones negros despeinados saltaban en la cabeza del maestro; los carrillos y la frente le ardÃan bajo los besos.
—Realmente, pareces una bruja.
—No lo niego —contestó Margarita—, soy bruja y me alegro mucho de ello.
—De acuerdo —decÃa el maestro—, si eres bruja, pues muy bien, es bonito y elegante. Entonces a mÃ, me han raptado de la clÃnica… ¡tampoco está mal! Me han traÃdo aquÃ, vamos a admitirlo. Hasta podemos suponer, que nadie notará nuestra ausencia… Pero, dime, por lo que más quieras, ¿cómo y de qué vamos a vivir?, ¡lo digo pensando en ti, créeme!