El Maestro y Margarita

El Maestro y Margarita

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En ese momento, en la ventana aparecieron unos zapatos de puntera chata y la parte baja de unos pantalones a rayas. Luego los pantalones se doblaron por la rodilla y un pesado trasero ocultó la luz del día.

—Aloísio, ¿estás en casa? —preguntó alguien desde fuera, por encima de los pantalones.

—Ves, ya empiezan —dijo el maestro.

—¿Aloísio? —preguntó Margarita, acercándose a la ventana—, le detuvieron ayer. ¿Quién pregunta por él?, ¿quién es usted? —Nada más decirlo, las rodillas y el trasero desaparecieron de la ventana. Se oyó el golpe de la verja y todo volvió a la normalidad. Margarita se dejó caer en el sofá, riendo hasta saltársele las lágrimas. Cuando se calmó, su cara cambió completamente. Empezó a hablar, muy seria, y al hacerlo, se deslizó del sofá y se arrastró hasta las rodillas del maestro y, mirándole a los ojos, se puso a acariciarle el pelo.

—¡Cuánto has sufrido, cuánto has sufrido, pobrecito mío! Yo sola lo sé. Mira, ¡tienes hilos blancos en el pelo y una arruga eterna junto a la boca! ¡No pienses en nada, amor mío! Ya has tenido que pensar demasiado, ahora lo haré yo por ti. ¡Te aseguro que todo irá bien, maravillosamente bien!


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