El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita —No tengo miedo de nada, Margot —contestó el maestro y levantó la cabeza. A Margarita le pareció que estaba igual que cuando escribÃa aquello que no vio nunca, pero que estaba seguro que habÃa existido—, y no tengo miedo porque ya he pasado por todo. Me han asustado tanto que ya no me pueden asustar con nada. Pero me da pena de ti, Margarita, esto es, por eso lo repito tanto. ¡Despiértate!, ¿por qué vas a destruir tu vida junto a un enfermo sin dinero? ¡Vuelve a tu casa! Me das pena y por eso te lo digo.
—¡Ah! Tú, tú… —susurraba Margarita, moviendo su cabeza despeinada—; ¡pobre de ti, desconfiado!… Por ti estuve temblando desnuda la noche pasada, por ti he perdido mi naturaleza y la he cambiado por otra nueva; y varios meses he estado en un cuarto oscuro, pensando tan sólo en la tormenta sobre JershalaÃm, me he quedado sin ojos de tanto llorar, y ahora cuando nos ha caÃdo la felicidad, ¡tú me echas! ¡Muy bien, me iré!, me voy a ir, pero quiero que sepas que eres un hombre cruel. ¡Te han dejado sin alma!
El corazón del maestro se llenó de amarga ternura, y, sin saber por qué, se echó a llorar escondiendo la cara en el pelo de Margarita. Ella lloraba y seguÃa hablando y sus dedos acariciaban las sienes del maestro.