El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita —AsÃ, asà me gusta; eres el de antes, te rÃes —contestaba Margarita—; vete al diablo con tus frases complicadas. Extraterrestre o no, ¿qué importa? ¡Tengo hambre! —y llevó al maestro de la mano hacia la mesa.
—No estoy seguro de que esta comida no se hunda o no salga volando por la ventana —decÃa él, sosegado.
—Ya verás como no vuela.
En ese mismo instante en la ventana se oyó una voz nasal:
—La paz esté con vosotros.
El maestro se estremeció, y Margarita, acostumbrada ya a todo lo extraordinario, exclamó:
—¡Si es Asaselo! ¡Ay! ¡Qué estupendo! —y corrió hacia la puerta, susurrando al maestro:
—¡Ya ves, no nos dejan!
—Por lo menos, ciérrate la capa —gritó el maestro.
—Si es igual —contestó Margarita desde el pasillo.
Asaselo ya estaba haciendo reverencias. Saludaba al maestro, le brillaba su ojo extraño. Margarita decÃa:
—¡Qué alegrÃa! ¡En mi vida he tenido una alegrÃa tan grande! Perdone que esté desnuda, Asaselo, por favor.