El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita ¡Dioses, dioses míos! ¡Qué triste es la tierra al atardecer! ¡Qué misteriosa la niebla sobre los pantanos! El que haya errado mucho entre estas nieblas, el que haya volado por encima de esta tierra, llevando un peso superior a sus fuerzas, lo sabe muy bien. Lo sabe el cansado. Y sin ninguna pena abandona las nieblas de la tierra, sus pantanos y ríos, y se entrega con el corazón aliviado en manos de la muerte, sabiendo que sólo ella puede tranquilizarle.
Los mágicos caballos negros llevaban despacio a sus jinetes; y la noche, inevitable, les iba alcanzando. Al sentirla a sus espaldas, incluso el incansable Popota permanecía en silencio, volaba serio y callado, con la cola erizada, agarrando la silla con sus patas.
La noche cubría con su pañuelo negro los bosques y los prados, la noche encendía luces tristes abajo, en la lejanía, pero eran luces que ya no interesaban y no importaban al maestro y a Margarita, eran luces ajenas. La noche adelantaba la cabalgata, chorreaba desde arriba, vertiendo repentinamente unas manchas blancas de estrellas en el cielo entristecido.
