El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita Se calmaron los gritos histéricos de las mujeres, dejaron de sonar los silbatos de los milicianos; aparecieron dos ambulancias: una se llevó el cuerpo decapitado y la cabeza al depósito de cadáveres, la otra, a la hermosa conductora, herida por los cristales rotos. Los barrenderos, con delantales blancos, barrieron los restos de cristales y taparon con arena los charcos de sangre.
Iván Nikoláyevich se derrumbó en un banco antes de llegar al torniquete y allí se quedó. Trató de incorporarse varias veces, pero las piernas no le obedecían: sufría algo parecido a una parálisis.
El poeta había corrido hacia el torniquete cuando oyó el primer grito y vio la cabeza, dando saltitos por la calle. No pudo soportar lo que veía y cayó en el banco mareado. Se mordió una mano hasta hacerse sangre. Por supuesto, se había olvidado del demente, preocupándose sólo de entender lo ocurrido: ¿Cómo era posible? Acababa de hablar con Berlioz y en un instante… una cabeza.
Unos cuantos hombres, horrorizados, corrían por el bulevar y pasaban casi rozando al poeta, pero él no oía sus palabras. Dos mujeres se encontraron junto a él y una de ellas, de nariz afilada y cabeza descubierta, gritó a la otra por encima de la oreja del poeta: