El Maestro y Margarita

El Maestro y Margarita

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Estaba claro. No, no podía quedar la menor duda. El misterioso consejero sabía de antemano el hecho siniestro de la muerte de Berlioz. Dos ideas atravesaron el cerebro del poeta. La primera fue: «no tiene nada de loco, eso es una tontería», y la segunda: «¿no lo habrá tramado todo él mismo? Pero ¿cómo? ¡Ah! Esto no va a quedar así. Ya lo averiguaremos».

Haciendo un tremendo esfuerzo, Iván Nikoláyevich se incorporó lanzándose hacia donde estuviera hablando con el profesor. Felizmente aquél no se había ido.

Los faroles de la Brónnaya estaban encendidos y sobre «Los Estanques» brillaba una luna dorada. Y así, a la luz de la luna, siempre ilusoria, le pareció que lo que el hombre llevaba bajo el brazo, no era un bastón, sino una espada.

El «metomentodo» ex chantre estaba precisamente en el mismo sitio donde había estado hacía muy poco Iván Nikoláyevich. Se había colocado en la nariz unos impertinentes del todo innecesarios a los que le faltaba un cristal y que tenían el otro partido. Ahora, el ciudadano de los cuadros, tenía un aspecto todavía más repulsivo que cuando indicara a Berlioz el camino hacia la vía.

Iván, con el corazón encogido, se acercó al profesor y comprendió, mirándole de frente, que su cara no traslucía el menor indicio de locura. Ni antes ni ahora.


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