Don Juan

Don Juan

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La linda compañera de don Juan era la de la Romaña, aunque había sido educada en las cercanías de la antigua Arcona; entre otros atributos, lucía la bella-donna unos ojos que penetraban el alma, más negros y ardientes que el carbón. Su pálida y gentil fisonomía expresaba constantemente el deseo de agradar, cosa muy atractiva, especialmente cuando acompaña a la belleza. Mas todas aquellas gracias pasaban para nuestro héroe, pues sólo el dolor y el pesar dominaban sus sentidos. En vano los ojos de la italiana trataban de encontrarse con los de don Juan. Este permanecía insensible, aunque, encadenados como estaban, estuviesen unidas mutuamente sus manos. Ni la suave piel de la hermosa, ni la proximidad de sus atrayentes prendas corporales pudieron agitar el pulso de Juan ni alegrar su fiel corazón. El recuerdo de Haida y quizá también la debilidad que le habían producido sus heridas contribuían a ello. Ningún caballero hubiera podido sentirse más fiel, ni ninguna dama hubiera podido desear una más firme constancia. Dícese que una persona no puede permanecer con un carbón encendido en la mano y pensar a la vez en el frío de los hielos del Cáucaso, y yo creo firmemente que muy pocos podrían hacerlo. Pero la prueba de Juan fue aún más victoriosa. Podría empezar aquí una casta descripción detallada del trance y de la firmeza demostrada por nuestro héroe, mas conozco que se me vitupera por haber sido demasiado franco en mis dos libros anteriores, y me ahorro el riesgo, procurando que don Juan deje pronto el navío, ya que mi editor piensa que es más fácil hacer pasar un camello por el ojo de una aguja, que conseguir que mis dos cantos primeros entren en ciertas casas.


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