Don Juan
Don Juan En cuanto al destino de nuestra compañía de cantantes, los unos fueron comprados por bajáes y los otros por judíos, al paso que las mujeres, elegidas una por una, aguardaban su suerte esperando no caer en manos de algún viejo visir que hiciese de ellas una querida, una cuarta mujer o una víctima. Don Juan, joven, animoso, lleno de esperanza y salud, aparecía sin embargo, algo triste, y, a veces, asomaba a hurtadillas una lágrima en sus ojos. Atraía sobre él todas las miradas por su hermosura. Por su parte, contemplaba, como la tabla de un juego de chapete, la plaza abigarrada de gentes, que contemplaban a los desdichados puestos en venta. Entre estos desdichados destacaba otro hombre, de unos treinta años, lozano y robusto, cuyos ojos garzos manifestaban un corazón resuelto. Tenía trazas de inglés, es decir, hombros cuadrados y tez blanca y rojiza, hermosos dientes, cabellos rizados, y, sea por efecto de los pesares y fatigas o de los estudios, su ancha frente aparecía surcada de arrugas. Llevaba el brazo izquierdo en cabestrillo y manifestaba una sangre fría tal, que un simple espectador no hubiera mostrado menos inquietud que él.