Don Juan

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Acercándose a don Juan, cuyo aspecto revelaba un corazón elevado, aunque entonces se hallase abatido por su destino, el hombre aquel le dijo con amabilidad y ternura: —Hijo mío, entre esta mezcla de seres con la que nos confunde la casualidad, veo que no hay más personas decentes que vos y yo, y ello me hace desear que, como es de razón, hagamos conocimiento. Os suplico me digáis de qué nación sois. Juan respondió: — Soy español.

—Bien creía yo —replicó el otro— que no podíais ser griego, pues nadie entre todos ellos tiene una mirada tan entera como la vuestra. La fortuna, sin duda, os ha jugado una mala partida, pero, tarde o temprano, hace eso siempre con los hombres, sin duda, para probarlos. No paséis cuidado por ello, pues os servirá mejor para el futuro.

—Caballero dijo Juan—, ¿puedo tomarme la libertad de preguntaros quién os ha conducido aquí?

—¡Oh!, nada más extraordinario: seis tártaros y una cadena.

—Pero el objeto de mi pregunta, si puedo repetirla sin ser indiscreto, es el de conocer la causa de vuestra desgracia…

—He servido algún tiempo en el ejército ruso, y estando últimamente encargado de tomar una plaza por orden del general Sugarow, he sido cogido yo mismo en lugar de coger la ciudad que deseaba.


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