Don Juan
Don Juan —Vos, —señor— dirigiéndose al compañero de Juan—, no tendréis inconvenientemente en ir a cenar con estos señores—y señalaba a los enanos—. En cuanto a vos—se dirigÃa a Juan—, respetable monja cristiana, me seguiréis. Pocas chanzas, caballero, porque cuando digo una cosa debe hacerse. ¿Qué teméis? ¿Tomáis este sitio por la cueva de un león? Es un palacio donde los verdaderos sabios ganan anticipadamente el paraÃso del Profeta, y donde, a veces, hasta lo gozan.
Y como don Juan protestara, añadió:
—Vamos, locuela, os digo que nadie os hará mal.
Don Juan se volvió hacia su compañero, el cual, aunque algo triste, no pudo contener una sonrisa ante la metamorfosis de que era testigo:
—Adiós—dijo don Juan.
—Adiós—replicó el otro—. Conservad vuestro honor, aunque la misma Eva haya sido la primera que nos mostró el camino del pecado.
Y don Juan, con orgullo, aseguró:
—Estad tranquilo. Ni el mismo sultán me poseerá, a no ser que su Alteza me dé palabra formal de casamiento.