Don Juan
Don Juan Con esto, que indica un cierto buen humor, se separaron ambos, tomando cada uno distinto rumbo. Baba condujo a Juan, de aposento en aposento, atravesando suntuosas galerías, hasta llegar a una ancha puerta de mármol que se distinguía a lo lejos entre las tinieblas. Los vapores de un rico perfume les envolvían a los dos y parecía que se acercaban a un templo, porque todo cuanto les rodeaba era vasto, silencioso, odorífico y divino. La gigantesca puerta de mármol se hallaba recamada de bronces dorados, cincelados con exquisito talento. Cerraba la entrada de una extensa sala. Antes de entrar, Baba se detuvo para dar a Juan, como fiel guía de su conducta, algunos sanos consejos:
—Si pudierais probar, tan solo, a modificar vuestro paso, realmente majestuoso, pero demasiado varonil, todo iría mejor. Deberíais balancearos un poco de uno a otro costado, cosa que os comunicaría una gracia encantadora. Sería también conveniente que tomaseis un aire más modestito. Lo digo porque los guardianes de esa puerta podrían ver a través de vuestras ropas, y si llegase a descubrirse vuestro disfraz, lo mismo vos que yo, dormiríamos esta noche en el Bósforo dentro de un saco, modo de navegar, en realidad, un poco difícil.