Don Juan

Don Juan

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Después de haber animado así a nuestro héroe, Baba introdujo a Juan en una sala más esplendorosa aún que la última de que hemos hablado. Un confuso montón de riquezas deslumbraba la vista del que penetraba en ella. En aquel aposento maravilloso, bajo un dosel de las más ricas telas imaginables, se extendía un amplísimo lecho, cubierto de pieles y de sedas, en el que se hallaba recostada una dama, con el aire de bienestar y abandono de una reina. Baba se paró y, doblando la rodilla, hizo una seña a Juan, que, poco acostumbrado a rezar, se arrodilló también por instinto, ignorando lo que esto podía significar, en tanto el eunuco continuaba sus zalemas hasta el fin de la ceremonia. La dama, levantándose con gracia singular, con la gracia de la misma Venus Afrodita saliendo de las ondas, fijó sobre los dos sus ojos voluptuosos, como los de una gacela, que eclipsaron toda la pedrería que la cercaban, y, levantando un brazo, tan blanco como un rayo de luna, hizo una seña a Baba, el cual, después de haber besado sus sandalias de púrpura, la habló en voz baja, mostrándole a Juan.






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