Don Juan
Don Juan Sea como fuere, el hecho es que Juan y Julia se volvieron otros. Julia se manifestó más reservada, y el joven más tÃmido; los dos tenÃan los ojos bajos con frecuencia; sus saludos eran trémulos balbuceos, y todo manifestaba un enorme embarazo, tanto en sus miradas como en sus gestos y palabras. Estoy muy seguro que algún lector no dudará de que a doña Julia no podÃa escapársele el conocimiento de la razón del cambio; pero, por lo que respecta a Juan no conocÃa nada, lo mismo exactamente qué sucede a quien no habiendo visto nunca el Océano es completamente incapaz de formarse una idea aproximada de él… Sin embargo, de su preocupación, alguna bondad latÃa entre las frialdades de que doña Julia hacÃa en su trato con don Juan tras el cambio de actitud aludido; su mano, sà es cierto que se alejaba temblando de la de su joven amigo, también lo es que sólo lo hacÃa tras haber apretado aquélla suavemente. Este suave contacto era tan tierno y tan ligero al mismo tiempo que dejaba dudosa el alma de don Juan: la varita de virtudes de Armida no ha operado jamás un cambio semejante al que experimentó el corazón de don Juan de resultas de estos dulcÃsimos apretones de mano.