Don Juan
Don Juan Cuando encontraba a Julia ya no se sonreían ambos candorosamente como en los días de su conocimiento, pero sus miradas melancólicas tenían, si cabe, mayores hechizos que aquellas antiguas sonrisas, como si su corazón abrasado encerrase dentro de sí pensamientos secretos, imposibles de descubrir, por lo que resultaban ser más apreciables. Hasta la inocencia tiene sus ardides y no se atreve siempre a entregarse a la franqueza: el dulce amor desde que nace se ve precisado a ser hipócrita. Mas en vano es que la pasión se disimule: la obscuridad de que voluntariamente se rodea la hace plena traición del mismo modo que el cielo más negro anuncia los fulgores de la tempestad más terrible. Y así los mismos ojos de doña Julia la vendían. Cualquiera máscara con la que intentara cubrir sus sentimientos era igualmente inútil para disimular la misma hipocresía. Indiferencia, cólera, odio o desprecio, siempre era demasiado tarde para recurrir al torpe disimulo.