Don Juan
Don Juan En cuanto a don Juan, buscaba el modo de definirse a sí mismo aquel sentimiento que le parecía nuevo y extraño, y que le obligaba a andar silencioso y pensativo, distraído y agitado, hacía ya muchos días. Salía con frecuencia de su casa, y gustaba de extraviarse, a pasos lentos, en un cercano bosque solitario. El mal desconocido que le atormentaba le empujaba hacia la soledad, como todas las penas profundas. Vagaba por las márgenes floridas del río; se tendía sobre el césped, a la sombra de los árboles: meditaba, sufría. Hasta que, a fuerza de pensar en una misma cosa siempre, consiguió aliviar parte de su mal, ya que no todo, haciendo cuanto pudo por adueñarse de sus propias ideas. Con lo que consiguió hallarse, poco a poco, tan metafísico como Coleridge.
Meditaba sobre sí mismo y sobre el Universo entero. Admiraba al hombre, maravillosa creación, y después a las estrellas, preguntándose quién las había colocado en la inmensidad del firmamento. Meditaba sobre el secreto de los terremotos, la crueldad de las batallas, las posibles dimensiones de la luna, el misterio que empujaba hacia arriba a los globos aerostáticos, y sobre las dificultades que se oponen al perfecto conocimiento de la infinitud de los cielos; finalmente, pensaba en los hermosísimos ojos de doña Julia.