Don Juan
Don Juan ¿Tenía necesidad don Juan de cometer un pecado que el cielo nos veda y por el que las leyes humanas suelen imponer multas? Preciso es convenir, cuando menos, que él empezaba muy temprano, y aquí está la razón más justa para perdonarle, puesto que a los dieciséis años es rara la conciencia que nos reprende con la misma fuerza que a los sesenta, ya que entonces recapacitamos nuestros yerros, y, después de haber hecho la cuenta, encontramos que el diablo reclama con bastante derecho la mayor parte de nuestras acciones. Por mi parte, no parece necesario que haya de ocuparme de cambiar la posición de nuestro héroe, la cual viene a ser idéntica a aquélla, maravillosamente descrita, de la crónica hebrea, que nos relata el modo cómo determinados médicos, despreciando brebajes y píldoras, ordenaron al viejo rey David, cuya sangre se hallaba ya algo entorpecida, que se aplicase sobre el estómago, en forma de cataplasma, una hermosa muchacha. ¡Adorable receta, que tuvo un éxito cumplido! Aunque puede ser muy bien que la misma que sirvió para conservar la vida de David, faltara poco para que hiciese perder la suya, tantos años después, a nuestro don Juan.