Don Juan
Don Juan Don Alfonso concluyó su peroración e imploró de la linda Julia un perdón medio negado y medio concedido. Ella entonces impuso condiciones, que él se vio precisado a hallar muy duras, especialmente porque le negaban con toda firmeza ciertos pequeños favores que él, tras el arrepentimiento, exigía de la hermosa, en la misma esto se debatía; de pronto, los admirados ojos de don Alfonso advirtieron debajo de la cama un par de zapatos. Poca cosa, realmente, significan un par de zapatos cuando corresponden al pequeño pie de una señora, pero aquellos zapatos, en verdad, ¡siento una gran pena teniendo que decirlo!, eran los zapatos de un hombre. Verlos y lanzarse sobre ellos, fue para don Alfonso una misma cosa. Los examinó un instante, como si realmente fuesen un objeto extraño, y después, se entregó a un furor espantoso. Y como una fiera, salió en busca de su espada.
Julia, entonces, corre al gabinete:
—¡Huid, Juan, huid, por amor del cielo! La puerta está abierta. Conocéis el pasillo. Tomad la llave del jardín. ¡Adiós, adiós!
¡Huid! ¡Oigo venir a Alfonso! ¡Daos prisa! Aún no ha empezado el día. La calle estará desierta…