Don Juan

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No trató totalmente de disculparse, pues aunque se había conducido como un caballero mal educado, tenía razones muy poderosas para hacer lo que hizo. Su discurso fue un trozo de retórica, de esos que los catedráticos llaman "consonantes". Por su parte, Julia no hablaba una palabra, sin perjuicio de que su entendimiento la sugiriera a cada frase de él una de esas respuestas que están siempre a flor de labios en boca de las señoras que conocen las debilidades de sus maridos, puesto que cuando un esposo reprende a su mujer por causa de un amante, entonces la mujer riñe a él por tres queridas… En realidad, Julia habría sabido muy bien dónde hallar pruebas suficientes, ya que los amores de don Alfonso y doña Inés eran, más o menos, cosa pública, pero no lo hizo, y es razonable suponer que fue por delicadeza hacia don Juan, que la oía desde el gabinete, y que era muy celoso de la honesta reputación de su madre. En los asuntos delicados, la más pequeña cosa es suficiente para despertar las sospechas. Lo discreto es callar, y elogiaremos siempre ese exquisito tacto de algunas mujeres que saben mantenerse lejos de la verdad de las cuestiones enojosas, y que mienten, ¡Dios mío!, con tanta gracia, que no hay nada que las haga tan interesantes como la mentira. Se ponen coloradas, y nosotros las creemos. Es inútil, en todos los casos, iniciar siquiera una vana réplica ante sus embustes, porque ello no sirve sino para dar a su elocuencia la ocasión de mostrarse todavía más abundantemente… Se muestran fatigadas, suspiran, bajan los ojos entristecidos, dejan caer una o dos lágrimas…, y he aquí que quedamos rendidos. Después…, después…, bien, sí…; después se sienta uno a la mesa y cena tranquilamente.


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