Don Juan

Don Juan

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Al tercer día sobrevino una dulce calma sobre el mar, lo que renovó sus fuerzas y derramó un bálsamo reparador sobre sus miembros fatigados. Pudieron disfrutar de algunas horas de sueño, pero cuando despertaron, se sintieron invadidos de un exceso de voracidad, y luego de economizar sus víveres prudentemente, devoraron muy pronto todo lo que les restaba. Así, cuando amaneció el cuarto día, en medio de una admirable calma; cuando amaneció el quinto, sobre la misma paz de los elementos; cuando llegó el sexto… , don Juan hubo de ceder y su amado perrillo faldero fue sacrificado. Al séptimo día, la piel del animal constituyó el último recurso. Al llegar el día octavo, ¡preciso es que quien me lea comprenda la terrible situación de aquellos hombres! Al llegar el día octavo se dejó oír un murmullo espantoso, voz siniestra de la desesperación, en el que cada uno reconocía sus propias palabras en las palabras de su camarada. Tales palabras hablaban de carne y sangre humanas, y se preguntaban quién de entre ellos serviría para mantener a los demás. Más como ninguno estaba dispuesto a sacrificarse fue preciso recurrir a la suerte. Se escribieron los nombres de todos en unos pequeños trozos de papel y mi pobre musa se estremece al tener que confesar que por falta de material fue preciso hacer pedazos la carta que la hermosa doña Julia había escrito a don Juan bajo los dulces cielos de Sevilla… La triste suerte designó como víctima al preceptor de Juan.


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