Don Juan
Don Juan El infeliz licenciado Pedrillo, luego de gemir lastimosamente, suplicó como gracia que le sangrasen. El cirujano del navío poseía sus instrumentos, y abrió las venas del desgraciado preceptor, el cual expiró de modo tan tranquilo y dulce, que apenas podía conocerse que ya no vivía. Murió noblemente, como había vivido; tal es, al fin y al cabo, lo que hace generalmente la mayor parte de los hombres. Besó con devoción un pequeño crucifijo, estrechó la mano de don Juan y después entregó, con verdadera gracia, su garganta y su muñeca a la lanceta del médico. Este fue menos digno, puesto que reclamó por su trabajo el mejor trozo del cadáver; pero, instado por una sed ardiente, prefirió saciarse con la sangre aun caliente que brotaba de las venas del pobre licenciado. Todos, después, consumieron con furiosa rabia el cuerpo del pobre hombre, exceptuando a don Juan, que, habiéndose negado el día antes a alimentarse con la carne de su perro, pensó aun menos en su hambre en tan terribles circunstancias. ¿Cómo hubiera podido, fuese cual fuese la necesidad en que se hallara, clavar sus dientes sacrílegos en el cadáver de un honrado maestro que había sido en vida su capellán y su amigo?