Don Juan

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La carne del licenciado Pedrillo parece ser que no se hallaba en buenas condiciones, puesto que la mayoría de los que se dieron un banquete con ella experimentaron pocas horas después terribles accesos de fiebre, y muchos de ellos murieron entregados a la desesperación, rechinando los dientes, aullando y en medio de los accesos de una risa feroz. El número de los náufragos quedó muy reducido por este castigo del cielo; entre los que sobrevivieron, unos perdieron de repente la memoria, otros enflaquecieron de modo increíble, otros sufrieron violentos ataques de locura. Pero también los hubo capaces de unirse para organizar un segundo asesinato, no encontrándose suficientemente advertidos por el espectáculo espantoso de la agonía de sus camaradas. Los tales pusieron sus miradas en el contramaestre, como él más gordo de todos los que supervivían; mas aparte de su firme y propia repugnancia a sufrir un destino semejante, contribuyeron a salvar a este honrado navegante ciertas razones particulares, pues fue recordado que había estado recientemente enfermo de fiebres malignas, y, aún más, que poseía un gracioso regalo, al que en verdad debía la vida, que le habían hecho en secreto ciertas damas de Cádiz, quién sabe si por suscripción general, poco tiempo antes de su partida.




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