Don Juan

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Haida no hablaba nunca de ningún escrúpulo; no hacía ningún juramento ni exigía ninguno. Jamás había oído hablar de promesas que fueran incumplidas ni de los peligros a los que se expone una amante crédula, e ignoraba la perfidia de los hombres; en su sencillez, se entregaba sin sombra de temor a su amigo como una paloma inocente; y, no habiendo pensado nunca en la infidelidad, no pronunciaba jamás la palabra constancia. Amaba y era amada; adoraba y era adorada. Conforme a las leyes de la naturaleza, sus dos almas se confundían. Haida, sintiendo latir el corazón de Juan contra el suyo, soñó que esto habría de suceder eternamente. ¡Ay! Eran tan jóvenes, tan hermosos, tan tiernos, y estaban tan solos, que puede decirse que después de nuestros primeros padres jamás una pareja tan perfecta ha corrido el riesgo de la condenación por el amor. Haida, tan devota como bella, había oído hablar sin duda del Purgatorio y aun del Infierno…, pero se olvidó de cuanto le había sido dicho sobre la materia…, en el momento mismo en que más hubiera debido recordarlo.






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