La gaviota
La gaviota —Estoy tan contenta, como si fuera yo la novia.
A lo que fray Gabriel añadÃa indefectiblemente:
—Estoy tan contento, como si fuera yo el novio.
—Madre —le dijo Manuel, viéndola pasar a su lado—, muy alegre es el color de ese vestido para una viuda.
—Cállate, mala lengua —respondió su madre—. Todo debe ser alegre en un dÃa como hoy; además, que a caballo regalado no se le mira el diente. Hermano Gabriel, vaya esta copa de mistela, y esta torta. Eche usted un brindis a la salud de los novios, antes de volver al convento.
—Brindo a la salud de los novios antes de volver al convento —dijo fray Gabriel.
Y después de apurada la copa, se escurrió, sin que nadie, excepto la tÃa MarÃa, hubiese echado de ver su presencia ni notado su ausencia.
La reunión se animaba por grados.
—¡Bomba! —gritó el sacristán, que era bajito, encogido y cojo.
Calló todo el mundo al anuncio del brindis de aquel personaje.
—¡Brindo —dijo— a la salud de los recién casados, a la de toda la honrada compañÃa y por el descanso de las ánimas benditas!
—¡Bravo!, bebamos, y viva la Mancha, que da vino en lugar de agua.